Blas Juan Navarrete

Teniente enfermero. Ejército del Aire. Promoción XXXIII

Creo que todos los enfermeros, durante nuestros primeros años tras acabar la carrera, hemos pasado por esa sensación de incertidumbre constante. No saber qué va a ser de nosotros cuando terminan las sustituciones de verano —o incluso las de Navidad, para los más afortunados—. En mi caso, esa sensación apareció con fuerza cuando empecé a plantearme opositar.

Por aquel entonces, alrededor de 2016, la variedad de academias era escasa y, sobre todo, mi capacidad económica para pagarlas —sumando además los desplazamientos— era muy limitada. No podía permitírmelo. Opté por prepararme por mi cuenta lo mejor que pude, pero tras dos años desistí.

La vida, sin embargo, tiene formas curiosas de devolverte a los sitios que importan. Después de pasar por residencias de ancianos, servicios de urgencias y varios años en diferentes UCIs, durante una donación de sangre conocí a un enfermero recién graduado con interés en opositar. Y pensé:
¿por qué no intentarlo otra vez?

Ese interés por la enfermería militar, que siempre había estado latente, despertó con más fuerza que nunca.

En ese momento lo tenía claro: necesitaba una academia. No podía seguir perdiendo tiempo. Llevaba años trabajando y aún sentía que daba tumbos. Esta vez tenía que ser con una preparación específica para Enfermería Militar. Así fue como encontré la Academia Zendal.

Contacté por teléfono y Maite me atendió de forma cercana, atenta y cordial. Esa primera conversación fue clave para decidirme. Más tarde, durante las clases, conocí a José, sin imaginar que acabaría llamándolo amigo.

No fue un año fácil. Compaginar un trabajo a casi 50 minutos de casa, largas horas de estudio, un temario denso y mi adicción al deporte dejaba muy poco tiempo para la familia. Aun así, tuve suerte: me rodeaba de los mejores. Mi pareja, mi familia y mis compañeros de academia fueron un apoyo constante. Porque al final, una oposición no es más que un viaje duro hacia un objetivo muy claro, y la gente de la que te rodeas puede marcar el resultado.

Conforme avanzaba el año, tenía cada vez más claro lo que quería y cómo abordarlo. Tenía referentes cercanos: compañeros de trabajo y de promoción que habían accedido recientemente a la enfermería militar, tanto como militares de carrera como reservistas voluntarios.

Comencé con el estudio teórico y, tras la primera vuelta, durante el segundo repaso empecé a introducir casos clínicos diarios de distintas temáticas, complicándolos siempre que podía.

Lo que más me costó fue tomar la decisión de dejar el trabajo para centrarme al cien por cien en la oposición. Fue un verdadero “all in”. Uno de esos momentos vitales en los que sabes, sin ninguna duda, qué es lo que tienes que hacer. Y por suerte, no me equivoqué.

Sorprendentemente, los exámenes los viví con relativa tranquilidad. Confiaba en mí y en todo lo que mis profesores y compañeros me habían enseñado. Salieron bien y conseguí entrar a formar parte del Glorioso Ejército Español y de esta familia militar en la que también se ha convertido la Academia Zendal.

El periodo de instrucción, primero como cadete y después como alférez, puede hacerse largo, pero la satisfacción al recibir el despacho es incomparable. Tras la academia llega la elección de destino según escalafón, y decidí optar por la Unidad Médica Aérea de Apoyo al Despliegue (UMAAD) en Torrejón de Ardoz. Es una unidad de difícil acceso, por lo que me considero muy afortunado. Formar parte de ella es una experiencia increíble, aunque suponga pasar mucho tiempo fuera de casa en operaciones y ejercicios. Mientras la situación lo permita, pienso seguir dándolo todo.

Mirando atrás, desde que empecé a preparar la oposición hasta hoy, tengo claro que nada de esto habría sido posible sin el apoyo de mi familia. Rodeaos siempre de aquello que os fortalezca, os motive y os dé confianza. Y, sobre todo, creed en vosotros mismos.

La vida castrense es una experiencia que cada vez menos jóvenes se animan a vivir, pero aporta valores que hoy en día escasean. Permite conocer a personas extraordinarias, con una capacidad de sacrificio y trabajo inmensa. No hay nada como compartir destino con un amigo que, con su ejemplo, te impulse a ser mejor profesional cada día.

Es una profesión dura, pero profundamente gratificante. Si tenéis claro que queréis formar parte de ella, no dudéis en empezar. Lo más difícil es dar el primer paso. Marcaos objetivos, consultad a vuestros tutores cada duda, sed curiosos, investigad el porqué de cada patología y la lógica detrás de cada caso clínico. No vale ir “a probar suerte”: hay que aspirar a ser los mejores, siempre.

Blas Juan Navarrete

El camino no fue fácil, pero mereció cada paso

En Academia Zendal no prometemos resultados rápidos. Acompañamos procesos reales, hasta el que uniforme deja de ser un sueño.

Trayectoria real publicada con su consentimiento