Daniel Díez Melgar

Capitán Enfermero. BRIPAC. Promoción XXIX

Descubrí que existía la enfermería militar durante la carrera.
No tenía familiares ni amigos militares ni enfermeros, así que partía completamente de cero en ambos mundos. Lo que sí tenía claro era que la enfermería hospitalaria se me quedaba corta: veía poca autonomía y sentía que la universidad me había preparado para asumir mucha más responsabilidad de la que luego podía ejercer.

Buscando salidas más especializadas, empecé a interesarme por la prehospitalaria y los pacientes críticos. Fue en ese camino cuando apareció la Enfermería Militar como una opción que encajaba conmigo: combinaba mi espíritu aventurero con un nuevo ámbito de aprendizaje y formación.

Al principio tenía muchos prejuicios sobre las Fuerzas Armadas. No sabía realmente qué hacían ni cómo era su día a día. Empecé a investigar por mi cuenta, hablé con distintas personas y acabé conociendo a una enfermera militar que se convirtió en mi referencia y en mi madrina militar. Gracias a ella fui entendiendo un mundo completamente desconocido para quienes no hemos convivido con él desde pequeños.

Cuanto más investigaba, más me gustaba.
Decidí apostar por la oposición, mientras cursaba un máster de urgencias y emergencias como plan B, por si aquello no salía. No sabía exactamente en qué me estaba metiendo, pero tenía claro que quería intentarlo.

Cuando terminé la carrera busqué academias y decidí irme a Madrid.
Allí entré en la academia donde conocí a José Galán y Maite Muñoz, fundadores de lo que hoy es Academia Zendal. No solo me prepararon para la oposición: en ellos encontré un ejemplo de los valores que yo asociaba al Ejército —esfuerzo, responsabilidad, servicio, pasión por la milicia— y quise aspirar también a eso.

Durante la preparación intenté compaginar el ritmo de la academia con el máster. Pronto me di cuenta de que el máster me estaba restando muchísimo tiempo y aportaba muy poco a la oposición, incluso en términos de baremo. Tomé la decisión de aparcarlo y centrarme exclusivamente en la oposición durante el último trimestre.

Mi semana giraba completamente en torno al estudio.
Usaba esquemas, infografías, repasos constantes… incluso empapelé las paredes de mi habitación con temas clave. Estudiábamos en equipo, compartiendo resúmenes y ayudándonos entre compañeros. Ese trabajo conjunto fue lo que marcó la diferencia: de crecer poco a poco pasé a avanzar de forma exponencial.

El momento más difícil llegó en los parones: Navidad, Semana Santa.
Ahí es donde muchos abandonan. Cuando paras y levantas la cabeza aparecen las dudas: si merece la pena tanto esfuerzo, tiempo y dinero para algo que no sabes exactamente cómo será. Yo tenía claro una cosa: cuanto más aprendía, más me gustaba.

El día del examen fui nervioso, pero con la idea clara de no dejar que los nervios arruinaran el trabajo de todo un año. Sabía que no llevaba el test perfecto, pero confiaba en el caso práctico. Fui pasando pruebas con notas medias hasta llegar ahí, donde pude trabajar con calma y cabeza fría. Saqué una nota alta que me permitió entrar en la última plaza. Al palo y dentro.

Hoy estoy destinado en la BRIPAC, tras pasar por el Gómez Ulla. Es un honor formar parte de esta unidad.

Mirando atrás, lo que hizo posible todo esto fue el apoyo de mi familia, la comprensión de mi pareja, la pasión de mis profesores y el trabajo en equipo con mis compañeros. Y, sobre todo, el deseo constante de ser una mejor versión de mí mismo, como enfermero y como persona.

Si hoy alguien está donde yo estaba al empezar, le diría esto:
si tienes un espíritu inquieto, buscas autonomía, te gusta ponerte a prueba, seguir formándote y estar donde se te necesite, este camino es duro… pero merece la pena. Todo lo demás acaba sabiendo a poco.

Daniel Díez Melgar

«No fue cuestión de suerte, fue cuestión de constancia y apoyo»

En Academia Zendal no prometemos resultados rápidos. Acompañamos en procesos reales, hasta que el uniforme deja de ser un sueño.

Trayectoria real, publicada con su consentimiento.